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Continuidad en el proceso de revitalización

 

Foto: “Madero peatonal”. Archivo fotográfico PUEC-UNAM

A partir de 1997 el Fideicomiso Centro Histórico de la Ciudad de México, la Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto Politécnico Nacional realizaron un profundo trabajo de diagnóstico, tras el cual se concluyó que, con la suma de los esfuerzos de la ciudad, el gobierno federal y la iniciativa privada era factible iniciar la implementación de acciones concretas de mayor envergadura.

Producto de lo anterior, en el año 2000 se publicó el decreto por el cual se aprueba el Programa Parcial de Desarrollo Urbano Centro Histórico del Programa Delegacional de Desarrollo Urbano para la Delegación Cuauhtémoc, vigente hasta nuestros días. Y en 2001 se creó un Consejo Consultivo Ciudadano encabezado por el cronista de la Ciudad de México Guillermo Tovar de Teresa, el empresario Carlos Slim y el periodista Jacobo Zabludovsky. A partir de un pacto inédito entre el gobierno de la ciudad y el de la federación, y con una fuerte inversión presupuestal, se crearon nuevos modelos de intervención para este espacio central, se inició la renovación de su infraestructura urbana, se impulsó el ordenamiento de su imagen urbana y, sobre todo, se convenció a la sociedad de que el rescate del Centro Histórico era posible. El Fideicomiso Centro Histórico se convirtió en un organismo público dedicado a la conducción del proceso.

En ese periodo, el grupo empresarial Carso adquirió 65 edificios vacíos (sobre todo sedes de antiguos bancos y oficinas) para ser rehabilitados y utilizados como vivienda en su mayoría. Asimismo, Carlos Slim auspició la creación de la Fundación del Centro Histórico para impulsar la participación privada. En un polígono de 40 manzanas entre la Alameda y el Zócalo, se inició un plan de obras públicas financiado por el GDF con aportaciones privadas (5% del total) que incluyó la creación de una nueva red subterránea para cableados y ductos de agua, drenaje y telefonía, la colocación de nuevos pavimentos, la instalación de luminarias y la rehabilitación de fachadas. Destacan un ciento de edificios en extremo deterioro que fueron expropiados por el Instituto de Vivienda para ser rehabilitados con el fin de promover programas de vivienda social en beneficio de los habitantes que permanecían en el polígono. Entre dificultades, avances y retos complejos la mayoría de estas acciones y metodologías han continuado aplicándose hasta hoy.

Foto: “Calle peatonal Regina . Archivo fotográfico PUEC-UNAM

 

En 2007, el análisis de la evolución experimentada, la acumulación de conocimiento sobre las posibles soluciones para las problemáticas de la Zona de Monumentos y la idea de ver al Centro como una ciudad viva y no como una “ciudad museo” llevaron a la creación de la Autoridad del Centro Histórico (ACH) Libro abierto. Este organismo tiene hoy la tarea de articular a las múltiples dependencias gubernamentales locales y federales involucradas en la gestión del Centro Histórico.

La ACH es, a su vez, un puente entre los habitantes, comerciantes e instituciones públicas y privadas involucrados en las tareas cotidianas de la ciudad histórica y en la planeación de futuro. Por su parte, el Fideicomiso Centro Histórico se mantuvo como el principal organismo ejecutivo de proyectos y gestión de recursos públicos locales, federales y de cooperación con la iniciativa privada. En la actualidad este Fideicomiso se ocupa del financiamiento de obras, el desarrollo inmobiliario, acciones de participación ciudadana, difusión del patrimonio y el impulso a la actividad cultural en el espacio público. Todos estos trabajos se realizan en coordinación con la delegación Cuauhtémoc.

Un hito dentro del proceso de revitalización del Centro Histórico derivó de un complejo proceso de negociación que posibilitó que el 12 de octubre de 2007 más de 15,000 vendedores ambulantes liberaran el espacio público de casi 200 manzanas del Perímetro A de la Zona de Monumentos para ser reubicados en 48 predios que fueron comprados o expropiados por el entonces Gobierno del Distrito Federal (GDF) con el objeto de ser convertidos en plazas comerciales. Por primera vez se tuvo una mirada holística del Centro Histórico del siglo XXI en todas sus dimensiones: la urbana, la social y la económica.

Foto: “La Gran Plaza 14, Del Carmen, núm. 14”. Archivo fotográfico ACH

 

Se sistematizó y puso al día también por primera vez el conocimiento acumulado en las últimas décadas. De ahí surgieron datos determinantes: hasta los años cincuenta del siglo XX en ambos perímetros habitaron más de 400,000 personas y hacia el año 2005 sólo habitaban 150,000. De estos habitantes, 120,000 residían en el Perímetro B y apenas más de 30,000 en el Perímetro A (polígono en el que llegaron a radicar más de 200,000 personas en las primeras décadas del siglo pasado).

Para ese momento el Centro comenzaba a ser de nuevo un espacio urbano vivo pero vacío por las noches. Los efectos nocivos que la desocupación de numerosos inmuebles generaba sobre los esfuerzos que se llevaban a cabo eran múltiples: deterioro físico, ruptura de los nexos comunitarios, especulación inmobiliaria y desaprovechamiento de un enorme potencial urbano, por mencionar algunos de ellos. De las 9,362 edificaciones, se calculaba que un 75% se encontraba parcialmente desocupado o se utilizaba como bodega. Gracias a un levantamiento de uso de suelo nivel por nivel de todos los inmuebles de los perímetros A y B realizado en 2016, hoy sabemos que 23.15% corresponde a servicios, siendo el giro predominante bodegas con 27.68% del total de los servicios, seguido por giros como oficinas y estacionamientos públicosGlobo terrestre, América.

Si bien diversas disposiciones federales y locales establecen la obligación de los propietarios de conservar en buen estado y dar un buen uso a sus inmuebles (sobre todo los que son considerados monumentos), la aplicación de dichas normas ha sido prácticamente nula debido a múltiples complejidades jurídicas. Uno de los primeros pasos fue entonces limitar por la vía fiscal el mal empleo de las construcciones y estimular a través de nuevos mecanismos de asociación su reciclamiento, restauración y conservación para propiciar nuevos usos económicos, educativos, culturales y, sobre todo, para la creación de una oferta de vivienda dirigida a diversos sectores sociales, cuidando que los habitantes originales —en su mayoría gente de bajos recursos—no fueran desplazados y, en cambio, mejoraran su condición de vida. Esto debía acompañarse de estrategias que procurasen la oferta de servicios asociados a la función habitacional y a una nueva actividad urbana.

 

Foto: “Habitantes del Centro Histórico”. Archivo fotográfico ACH.

 

La inseguridad producida por el colapso de la vida urbana en el Centro que tuvo lugar hasta el inicio del siglo XXI comenzó a abatirse claramente en las zonas en las que avanzaba la recuperación de las condiciones de habitabilidad. Los nexos comunitarios y el tejido social iniciaron su regeneración paulatina, aun en el contexto de marginación y pobreza que ha caracterizado a los barrios populares de la zona. Se hizo un esfuerzo sin precedentes para la recuperación del espacio público. Tras el reordenamiento del comercio ambulante, se amplió una nueva red subterránea de infraestructura urbana, se peatonalizaron calles y se restauraron cientos de fachadas que revelaron un paisaje histórico antes oculto. Del año 2000 al 2018, se espera haber rehabilitado 47.27 km de calles y 195,937 m2 de plazas para el uso ciudadano.

Luego debió trabajarse para generar una nueva movilidad y garantizar accesibilidad plena en el espacio urbano, se promovió el uso de la bicicleta y se diseñaron nuevos sistemas de transporte público. El acceso libre y gratuito a Internet, el control del ruido a través de mediciones digitales y de los gases del subsuelo por medio de sistemas biodigestores conectados al drenaje o la generación de nuevos espacios verdes como los jardines verticales, fueron algunos ejemplos de medidas innovadoras en las que se buscó incorporar soluciones tecnológicas. Esto comenzó a hacer del Centro Histórico un espacio de innovación, replicable después en el resto de la ciudad. Dichas acciones conformaron un conjunto de programas y políticas que se fueron afianzando a través de decretos de gobierno y nuevas regulaciones. Asimismo, se puso énfasis en las políticas de protección civil y en la gestión coordinada de las redes subterráneas de agua, drenaje y electricidad en el complejo y movedizo subsuelo de la antigua ciudad lacustre (atravesado además por miles de vestigios arqueológicos).

 

Foto: “3a rodada Arquitectura sobre Ruedas”. Archivo fotográfico ACH

 

Hasta el año 2000, la inaccesibilidad y la desconfianza generadas por la crisis en la que se había sumido este espacio patrimonial que la inmensa mayoría de los habitantes del Valle de México dejaran de reconocerse en el Centro Histórico. Esta pérdida de identidad comenzó a revertirse a través de intensas campañas de difusión sobre la historia de la antigua ciudad y su enorme oferta comercial, turística y cultural, al tiempo que se fomentó un amplio debate académico sobre el pasado, el presente y el futuro del Centro.

Se exploraron nuevos esquemas de acción coordinada que hicieron más eficientes los procedimientos burocráticos que desincentivan la inversión en obras físicas, propiciando la destrucción, la ilegalidad y la persistencia del abandono. En este camino, se concibieron nuevos criterios que buscaran armonizar la preservación de los valores arquitectónicos patrimoniales con el nuevo uso —seguro y funcional— de las edificaciones y las aportaciones de la arquitectura contemporánea de calidad. El INAH actualizó en 2009, con apoyo de la ACH y el Fideicomiso, el catálogo de la Zona de Monumentos Históricos, a fin de poner al día la delimitación de las volumetrías que conformaban el valor patrimonial a preservar y rescatar, en tanto que se desarrollaron nuevos sistemas digitales de información a fin de sincronizar y transparentar las múltiples bases de datos existentes para una gestión eficaz.

La transformación del Centro Histórico se convirtió en un proceso en el que era imprescindible la regeneración del tejido social y el sentido de comunidad. La sostenibilidad de la reinvención urbana que se buscaba generar se cifró en la participación ciudadana para la creación de múltiples pactos —barrio por barrio— para la conservación del patrimonio, el mantenimiento del espacio público, el establecimiento de prioridades de gobierno y la identificación de valores culturales a preservar y fortalecer.

 

Foto: “Ludomovil en Plaza San Jerónimo, CH, 2017”. Archivo fotográfico ACH

 

A partir de 2001 el principal soporte financiero de la transformación del Centro Histórico ha sido el Gobierno de la Ciudad de México, a través de la inversión directa de un presupuesto público que para 2015 ascendía a 550 millones de dólares acumulados.

Esto generó una importante plusvalía y una considerable inversión privada subsecuente; sin embargo, hoy se requiere trabajar en que dicha plusvalía e inversión acompañe en mejor medida al esfuerzo de la ciudad. Al final de 2010 se advirtió que un avance relevante sería el aumento de la recaudación fiscal que el Gobierno de la Ciudad realizaba en el Centro como fruto de su reactivación urbana, lo cual ayudaría a financiar las múltiples tareas pendientes. Sin embargo, el reto principal sigue siendo crear mecanismos legales que aseguren presupuestos anuales permanentes.